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Así fue, peso a peso, el fraude del Fondo Premium

El liquidador Alejandro Revollo le cuenta a Juan Gossaín la historia del preparado robo. Por:  JUAN GOSSAÍN |   5 de septiembre de 2014  EL TIEMPO

Todavía quedan tantos espacios oscuros, tantas sombras, tantas dudas y preguntas sobre el caso de Interbolsa.

El episodio se ha ido contando por fragmentos, de trecho en trecho, un pedacito aquí y otro allá. El último año lo dediqué a reunir las piezas dispersas del rompecabezas, como hace un relojero cuando arma su reloj, pero lo que encontré a cada paso fueron tropiezos, negativas y misterios. Algunos informantes, que habían prometido contarme la verdad completa, al final salían huyendo como si yo estuviera apestado.


Hasta que tropecé de frente con el abogado Alejandro Revollo, interventor de la Superintendencia de Sociedades en el Fondo Premium. Especialista en asuntos comerciales y financieros, su hoja de vida es larga y admirable, pero lo que más me llamó la atención no fueron sus títulos ni sus cargos, sino que es sobrino de uno de los hombres más íntegros y fascinantes que he conocido en esta azarosa vida de periodista que yo llevo: el cardenal Mario Revollo, arzobispo de Bogotá y primado de Colombia, que confiaba en Dios y en su propio carácter.


Revollo, el interventor, se parece a su tío, el cardenal, en el temperamento. Es enérgico y rotundo. No usa adjetivos. Se nota a leguas que está acostumbrado a lidiar con los hechos concretos. Me bastó cruzar con él las primeras cuatro palabras para descubrir que este hombre no carga agua en la boca ni tiene pelos en la lengua. Fue entonces cuando le hice la primera pregunta.


¿Es verdad, como sostienen algunos, que el caso de Interbolsa y Premium está a punto de prescribir?

Los delitos que se les atribuyen a los responsables prescriben en cinco años. Ya llevamos dos y, como se sabe, los abogados son unos magos para dilatar el caso. Hemos sabido que van a argumentar, por insólito que parezca, que el caso Interbolsa no es más que una conspiración política, una venganza de Santos contra Uribe. Ellos creen que así le darían al caso un carácter político y le quitarían el penal.

Erik Andersen, representante legal de Premium en Curazao, está planeando argumentar eso judicialmente, y sostener que él era un modesto empleado al que solo le pagaban 1.000 dólares mensuales, y que, como es ciudadano de Estados Unidos, no lleva velas en ese entierro de la política interna colombiana, ni tiene por qué pagar las consecuencias.


Entonces, ¿teme que esto quede impune?

Ese es el verdadero riesgo que enfrentamos: que esos delitos prescriban. Llevamos dos años y esos abogados, que son tan curtidos, van a atravesar toda clase de recursos, trabas, dilaciones. Imagínese este escenario: llega la impunidad, estos señores no pagan ni un día de cárcel y, lo que es peor, apenas prescriba, van a iniciar demandas contra el Estado. Les vamos a salir debiendo plata. En esa terrible posibilidad se apoya Víctor Maldonado, uno de los principales responsables del escándalo de Interbolsa, para anunciar demandas contra la Nación, como ya lo ha hecho, porque dice que es una víctima. Ese es el verdadero riesgo de la inactividad de la Fiscalía.


¿En qué andan en este momento los implicados?

Hace un mes me abordaron dos personas: una es un abogado serio, a quien conozco hace años. Me llamó para invitarme a tomar un café y me advirtió:


‘Me siento en la obligación moral de decirle que abra los ojos, porque la versión que está circulando en Bogotá es que el señor Juan Carlos Ortiz, uno de los implicados en el escándalo de Interbolsa, está operando otra vez a través de un fondo de capital privado radicado en Costa Rica. Es él quien está detrás de la reciente compra de empresas como Bogotá Beer Company y acciones del equipo de fútbol Millonarios. Además, está comprando participaciones a los accionistas pequeños de Premium, que es parte fundamental en el escándalo de Interbolsa. Esos pequeños accionistas temen perder lo que invirtieron, y si tenían 50 y les ofrecen 10, en su desesperación, los aceptan’.


Comprándoles a menos precio a esos chiquitos, Ortiz insiste en hacerse con el control de Premium. Además, si saca a esos chiquitos, que son la mayoría, evita que se hagan parte dentro del proceso penal y así bloquea el proceso.


Esa reunión fue en la mañana. En la tarde, por increíble que parezca la coincidencia, me llamó otra persona, sin relación alguna con la primera, que trabaja en una de las empresas que hemos intervenido en Interbolsa. Me citó en Juan Valdez, en el Centro Andino de Bogotá, a tomarnos otro café. Me contó exactamente lo mismo.


¿Y la justicia? ¿Dónde está?

Es evidente que el caso Interbolsa es un tema jurídico complejo. Hay que decir, en beneficio de la actuación de la Fiscalía, que los delitos económicos son muy intrincados porque sus autores suelen ser personas capacitadas e instruidas. No son raponeros de esquina. Su propia educación los hace todavía más culpables. En el caso particular del Fondo Premium, montaron una estructura maquiavélica para que nunca los descubrieran, y, si eso llegaba a ocurrir, que nunca los pudieran juzgar. A eso se debe que lo que hicieron sea realmente escabroso. En realidad, eran una verdadera pandilla.


Por eso, entiendo el cuidado con que la Fiscalía maneja el tema, porque, jurídicamente, es muy complejo. La Fiscalía teme que, ante un juez, se le caiga toda su argumentación. Eso explica la posición que la Fiscalía ha tomado. En mi opinión, la obligación constitucional y moral de la Fiscalía es acusar. Ya el juez verá si considera que hay o no hay delito.


Pero en la revista Dinero, hace dos meses, el vicefiscal dijo que no iban a acusar si no estaban seguros de ganar el caso.

Además, el doctor Eduardo Montealegre, fiscal general, está en todo su derecho de ser amigo del abogado Jaime Lombana, defensor de Rodrigo Jaramillo, presidente de Interbolsa, y de su hijo Tomás. Y Lombana, a su turno, está en todo el derecho de escribir un libro, como acaba de hacerlo.


Pero que, en medio de semejante escándalo, el Fiscal le escriba el prólogo a Lombana y sea, como fue, el presentador de su libro es un hecho que ha generado muchas polémicas, como lo confirma el reciente debate radial entre el propio Lombana y el periodista Alberto Donadío. Como mínimo, fue impertinente. En el mejor de los casos, imprudente.


¿Qué delitos se cometieron en Premium?

De los diversos delitos que pudieron haberse cometido en Premium, el único que no da lugar a excarcelación y que impone penas severas es el de la captación masiva e ilegal de fondos. A mí no me cabe la menor duda de que Interbolsa creó Premium de manera intencional para poder quedarse con dinero ajeno. Premium era la caja menor de Juan Carlos Ortiz, Víctor Maldonado y Tomás Jaramillo.


¿Cómo hicieron para ocultar esas causales de delito?

En un principio, el esquema de ese Fondo Premium era legal: crearon el fondo en Curazao; la plata captada aquí iba hasta allá y luego la traían de nuevo a Colombia. Hasta ahí esa actividad era normal. Pero llega el momento en que los socios de Interbolsa empiezan a necesitar más recursos y es entonces cuando deciden ponerse a captar dinero ajeno.


Les decían a sus clientes que la plata estaría en Curazao, rindiendo dividendos, pero se quedaban con ella. No salía del país.


Para no sobrepasar el límite penal de captar a un máximo de 20 personas, como manda la ley, llegaban incluso a tener 19 clientes. Entonces agarraban otra sociedad y conseguían 19 clientes más. Y así sucesivamente.


Interbolsa, explica Alejandro Revollo, creó el Fondo Premium para ‘quedarse con plata ajena’. Fachada de la sede de la firma.

Hay otra argucia perversa que también hicieron: Premium es una sociedad domiciliada en Curazao con filiales en Panamá, las cuales, a su vez, tenían filiales en Colombia. A la hora en que estallara un conflicto penal, como sucedió, ¿cuál de los tres países sería la jurisdicción competente?


Por eso, cuando reventó el escándalo, los dueños de Premium estaban tranquilos: en primer lugar, porque habían armado una trampa para que no pudieran acusarlos de captación ilegal y, además, si alguien quería reclamar, ¿dónde lo haría?


Fueron tan meticulosos al armar esa urdimbre que en Colombia tuvieron el cuidado de poner como filiales de Premium a sociedades que no fueran intermediarias financieras, para que no estuvieran bajo vigilancia y control de la Superfinanciera, pero tampoco hacían parte de la Supersociedades porque eran simples filiales panameñas.


De los directivos de Premium o Interbolsa, ¿algunos han colaborado con su investigación?

Hemos logrado reconstruir todo ese entramado y su funcionamiento porque hay dos personas que lo han contado. Jorge Arabia, vicepresidente financiero de Interbolsa, me dijo un día: ‘Soy culpable. Me metí en eso por un buen salario y unas buenas comisiones. No tuve el carácter de haber frenado semejante inmoralidad, aunque yo sabía que no era presentable’. De ahí arrancó a contar todo. Era el segundo de Rodrigo Jaramillo.


El otro es Rachid Maluf, a quien su pariente Víctor Maldonado hizo que lo nombraran de gerente de Premium Colombia, aunque Maldonado sigue sosteniendo que él no tuvo nada que ver con Premium. En una primera reunión, Maluf intentó hacerme el papelón de víctima inocente. Le dije: ‘Cuando usted esté dispuesto a hablar en serio y a colaborar con esta investigación, vuelva a visitarme’. A los pocos días volvió.


Para que entendamos los mortales, ¿cómo operaba esa maquinaria?

Cogían la plata que usted invertía en Premium, con sede en Curazao, y la ponían en algún banco panameño. Entonces, ya con esa garantía en sus manos, dicho banco les prestaba una suma igual. Y le trasladaban el dinero a una sociedad de ellos mismos, registrada en Colombia y llamada Valores Incorporados. Por eso se llama back to back, porque las dos operaciones van pegaditas, espalda con espalda. Así era como, sin usted saberlo, su dinero volvía a Colombia, pero ya no era suyo: era de ellos, porque el banco panameño lo retenía en garantía de lo que les había entregado. Y usted, feliz, porque creía que su platica estaba ganando intereses en Curazao…


Ahí era cuando ellos mismos le daban instrucciones a Valores Incorporados: ‘Présteles a este, a este y a este, a fulano y mengano’. ¿A quién se la prestaron? A Corridori, para comprar acciones de Fabricato; a su propio socio Maldonado, para hacer recompra de acciones de la misma Interbolsa, y a personas directa o indirectamente vinculadas a Ortiz y Tomás Jaramillo: a primos, a parientes, a amigos que tenían negocios en los que ellos participaban.


Cuando estalló el escándalo y llegamos con la intervención ordenada por Luis Guillermo Vélez, superintendente de Sociedades, descubrimos que el 98 por ciento de esos créditos tenían más de un año de vencidos. La verdad es que nunca se pagaron. Solo el 2 por ciento eran créditos sanos y legítimos. Y, de todos ellos, solo un 5 por ciento tenía garantías. Es evidente que desde el principio se trataba de créditos concebidos para que no fueran pagados ni devueltos.


¿Esa era, entonces, la plata que Corridori usaba para comprar acciones de Fabricato?

En un ratico le cuento. Por ahora le digo que cada día necesitaban más dinero para mover sus negocios en BMC (Bolsa Mercantil de Colombia), con Víctor Maldonado a la cabeza. El otro negocio era hacer que Interbolsa creciera, ya que planeaban –en términos populares-– engordar el marrano, después venderlo y duplicar lo invertido. Pero sus negocios empezaron a complicarse, no disponían de flujo de caja y se fueron quedando colgados. Es en ese momento cuando renuevan sus estrategias para capturar a más clientes, más incautos que les entregaran sus ahorros.


Ante esos apremios, decidieron agilizar el proceso de la traída de plata del exterior. Es entonces cuando inventan una cosa llamada ‘el mercado secundario’. Según el reglamento de Premium, usted no puede invertir su plata en ese fondo el día que quiera, sino, pongamos por ejemplo, en los primeros diez días del mes. Digamos hasta el día 10.


¿Qué ocurría de allí en adelante, hasta el fin del mes? Acudían al famoso mercado secundario. Otras dos empresas de ellos, Premium Advisors y otra llamada Interturist, eran dueñas de acciones del Fondo Premium. Entonces pusieron a esas empresas a recibir el dinero de los clientes, con el compromiso de trasladarlo a Premium después del día 10.


Aparecía Interturist. Le recibía a usted el dinero como si fuera a mandarlo para Premium, cuando lo que hacían, en realidad, era venderle las mismas acciones que ellas tenían en Premium. Usted, que solo se proponía invertir una plata para ganar dividendos, terminaba comprando acciones de Premium sin darse cuenta.


Para seguir con esa tramoya, Interturist le decía a usted que no consignara su plata en la cuenta de Premium, en las Islas Caimán, sino directamente en la cuenta de Interturist en Colombia. Así fue como consiguieron los nuevos fondos que necesitaban en Colombia sin tener que dar semejantes vueltas, sin back-to-back ni enredos de esos. Lo más grave es que la mayoría de la plata que obtuvieron por ese nuevo medio la recibieron en efectivo. ¿De quién era? ¿De dónde procedía? No quiero ni pensarlo. Muchos clientes llevaron los billetes físicos, ‘en rama’, como dicen, y ellos los guardaban en una caja fuerte.


De esa caja fuerte, instalada en el tercer piso del edificio de Interbolsa en el norte de Bogotá, sacaban dinero para sus gastos. De allí salía la plata para pagar el parqueadero de sus yates en la Florida o la compra de repuestos en Panamá, o para consignarle a Víctor Maldonado cuando andaba de paseo por Indonesia. Los ingenuos les financiaban sus caprichos y sus viajes de placer por el mundo. Como hacen las esposas ricas cuando llaman a la secretaria del marido para ordenarle que les giren. Convirtieron el dinero ajeno en plata de bolsillo.


Alessandro Corridori (cen.), en los juzgados de Paloquemao, en diciembre del 2013. Él pretendía sacar ganancia de los ‘daños’ causados por el escándalo, dice Revollo.

¿Pero al inversionista le quedaron, por lo menos, las acciones de Premium que le habían vendido engañosamente?

Ni siquiera tiene ese consuelo, porque Interturist nunca le pagó las acciones a Premium. ¿Sabe qué hacían entre ellos mismos? Interturist generaba en su contabilidad una cuenta por pagar a Premium y, a su turno, Premium le generaba a Interturist una cuenta por cobrar. Y cruzaban esas sumas contra honorarios adeudados a sus propios directivos. ‘Oiga, Interturist, usted me debe mil por mis acciones’, decía Premium. ‘Ah, bueno’, respondía Interturist. ‘Crúcelos con los mil que usted me debe de mis honorarios en la junta directiva’. Así se robaron la plata de los clientes. Interturist no era más que un nombre. Una fachada. Eso no existía.


Hemos encontrado que con dinero de los ahorradores se pagaban excentricidades insólitas, viajes en jet privado y hoteles de lujo, incluso en Asia. Una chaqueta de piel que costó 10.000 dólares fue cargada a la tarjeta de crédito de la empresa. En un solo viaje Ortiz compró 10.000 dólares en zapatos. Abundan los pagos de tiquetes en primera clase.


Me da vergüenza contarle lo que Maluf me reveló de las bacanales que se hacían con el dinero de los ahorradores, en la casa que Víctor Maldonado tiene en un paraje marítimo cercano a Cartagena, llamado bahía de Cholón. En el avión privado de Maldonado viajaban Tomás Jaramillo y Juan Carlos Ortiz con las modelos de pasarela, con la comida y las bebidas más refinadas que uno pueda imaginarse.


Fue así como, a través del Fondo Premium, captaron casi 350.000 millones de pesos de los incautos. Las víctimas fueron, en total, 1.260 personas. La inmensa mayoría de ellas son gentes del común que entregaron sus ahorros de toda la vida. Puedo asegurarle que no se trataba de millonarios especuladores. El 80 por ciento del Fondo Premium está integrado por personas que no tenían más de 150 millones.


Bueno. Quedamos en que Corridori recibió 63.000 millones en un crédito que le otorgó Valores Incorporados. Maldonado recibió 22.000 millones más en idéntica forma. Eso fue lo que encontré.


Pero a la vez encontré que en Panamá, con la misma sociedad Andean, Corridori tenía un contrato llamado “de cuentas en participación”. Descubrí que es un contrato firmado por una sociedad de Corridori llamada Vecchio (viejo, en italiano).


Recién constituida, en Panamá, Vecchio hizo ese negocio con Andean. Los documentos dicen que Vecchio es experta en el mercado público de valores de Colombia y que celebra ese contrato para que, con dineros que Andean le suministre, Vecchio compre acciones de Fabricato y las negocie.


¿Cómo las negocia? Le pongo un ejemplo: Corridori compra cada acción a 30 pesos. Si las vende a un precio mayor, se queda con la diferencia más una comisión del 12 por ciento. Pero si las vende por menos de 30 pesos –es decir, perdiendo– tiene que reponerle a Andean la diferencia hasta llegar a 30. Es decir: el que pone la plata, que es Andean, se cubre de posibles pérdidas.


He aquí que un día Corridori me pidió una cita. Vino a mi oficina con su tropel de abogados y me dice:

–Es que no puedo entender, doctor Revollo, por qué le dijo a la prensa que yo le debo 63.000 millones de pesos.

–Pues, porque me los debe, como interventor que soy –le contesté–. Aquí hay un pagaré suyo que dice eso.

–No, doctor –agregó él–. Eso no es verdad. Es al revés: usted, a través de Andean, me debe a mí 65.000 millones.

Se me quedó mirando y dijo, con un tonito de burla:

–Lo cual demuestra que usted me tiene que dar unas vuelticas de 2.000 millones.

–Dígame por qué –le respondí, aterrado–, porque no le entiendo.

–Es que el contrato de Panamá establece que, si alguna de las partes incumple, pues se liquida el negocio y el incumplido tiene que pagarle al otro lo que le corresponda de la liquidación.

–¿Y por qué cree que hubo incumplimiento? –le insistí, sin salir de mi perplejidad.

–Porque Premium, dueño de Andean, me incumplió.

–¿Dónde está la sentencia del juez que dijo eso?

–Esa sentencia no existe –dijo Corridori.

–Y, entonces, ¿quién da ese fallo? ¿Usted?


En ese momento, Corridori me suelta la perla más grande del mundo:

–Es que, por culpa del escándalo de Interbolsa, la acción de Fabricato fue congelada cuando estaba a 92 pesos. Mis acciones me las tienen que liquidar a ese precio, y, en consecuencia, la utilidad que producen es de 65.000 millones.


Como a mí me prestaron 63.000 millones, pago el crédito y me salen a deber 2.000 millones.


Yo no había visto en mi vida un cinismo mayor. Lo que me estaba diciendo, por insólito que parezca, es que la culpa del escándalo de Interbolsa no la tenían los ladrones, sino quienes los descubrieron.


–Entonces –le propuse, para ver hasta dónde llegaba–, ¿por qué no liquidamos esas acciones al precio de hoy, cuando valen 12 pesos? Así no solo me debería los 63.000 millones que le prestaron; creo que me debería el doble.

Corridori ya estaba caliente. En ese momento uno de sus abogados se voltea hacia mí y me dice:

–Mire, doctor Revollo, digamos las cosas por su nombre. Es que los contratos fueron hechos, expresamente, para que la voluntad de las partes se entendiera como que no se tuviera que pagar el préstamo.

–¿Esa era la voluntad de las partes? –le pregunté, desconcertado.

–Sí –me replicó el abogado. Esa era.


Corridori se quedó callado mientras yo pensaba que sería cómico si no fuera trágico: lo que me estaba diciendo es que habían firmado un pagaré, pero que en realidad era un no-pagaré.


¿Y las deudas de Víctor Maldonado?

Con él repitieron, idéntico, ese esquema del no-pagaré. Andean firmó unos contratos en Panamá con una sociedad de Maldonado llamada Sumo. Lo mismo que habían hecho con Vecchio.


Cuando me reúno por primera vez con Maldonado, él me dice: “Yo no debo sino 21.000 millones de pesos, y vengo a pagarlos”. Le contesté: “Le quiero recordar que usted está intervenido por el Estado y que, según la ley, en una intervención no solo debe lo que está en créditos a su nombre, sino toda la deuda completa”.

–Pues vengo a decirte, Alejandro –me dice, como si fuéramos viejos amigos–, que yo no voy a pagar sino mis propios créditos y, además, que no pago intereses. Solo pago el capital con unos bienes que tengo.


Como si fuera poco, se trataba de unos cuantos bienes reservados entre los tres (Maldonado, Ortiz y Tomás Jaramillo) para pagar sus deudas. Hasta eso lo previeron. Ortiz y Jaramillo sí ocultaron con éxito el resto de su patrimonio, pero Maldonado no tuvo tanta suerte.


Pues, como yo encontré que Maldonado debía 20.000 millones más de lo que él decía, no le acepté la propuesta y le dije que se olvidara de eso. Era un solar en Soledad (Atlántico); otro en Santa Marta, pegado a un sitio que se llama Cabo Tortuga, y otro lote al lado del Club de Pesca de Cartagena.


Cuando le hablé de ese contrato, el segundo, el de los 20.000 millones, me respondió, frescamente: “Pues no reconozco ese contrato”. Le dije que eso no dependía de que él lo reconociera o no, sino que ahí estaba y había que liquidarlo. Maldonado insistió: “No reconozco eso porque lo hicieron a mis espaldas; eso es un engaño; me falsificaron la firma”.


Seguí insistiéndole y, el día menos pensado, él me mandó una serie de documentos para demostrar que no debía esa plata. Sin darse cuenta, entre dichos papeles se le vino una copia del documento en que se liquidaba el primer contrato de Panamá, en donde él mismo declara y reconoce que todavía debe 11.000 millones más. Naturalmente, ese documento lo hicieron antes de que estallara el escándalo. Esa era la prueba que yo necesitaba. Y él mismo me la mandó.


Maldonado, desencajado y furioso a lo largo de todo el proceso, ha tratado de meterme el cuento lastimero de que él solo es un simple deudor, una víctima más de los otros dos, y que nosotros lo estamos maltratando y agraviando a su familia.


Un día yo le dije: “Mire, yo no soy su juez; así es que a mí no tiene por qué ponerse a conmoverme. Le voy a hacer una sola pregunta: ‘Dígame qué hace una persona como usted, con el gran patrimonio que tiene, endeudándose en el mercado informal, extrabancario, a unos intereses enormes del 20 por ciento anual. Explíqueme eso. A mí, por ejemplo, me toca hacerlo, porque debo hasta el carro. Pero, ¿usted? ¿Por qué?’ ”. Maldonado se quedó mudo.


Una deuda de miles de millones es un problema para el banco, no para el deudor. Entonces, ante el tamaño de la deuda, los bancos se tienen que arrodillar ante Maldonado, recibirle lo que él quiera pagar antes que perder toda su plata, y hasta le conceden los plazos que él ponga para pagar el resto. De lo contrario, eso le generaría problemas serios al banco en materia de provisiones y castigos. Y si es un banco chiquito, peor todavía. Esa es su estrategia. Y es la misma que está tratando de aplicarnos a nosotros en este caso de Interbolsa.


Usted me habla de Tomás Jaramillo, de Maldonado, de Ortiz. Pero, ante todo esto, ¿qué decía Rodrigo Jaramillo, que era, al fin y al cabo, el presidente de Interbolsa?

Yo le hice esa pregunta a Maluf: qué papel jugaba Rodrigo Jaramillo en semejante maraña. Me contestó que, aunque era el presidente del grupo, “Rodrigo realmente nunca estuvo en la jugada, no estaba en el tema diario, pero vivía preocupado porque él sabía lo que estaban haciendo su hijo Tomás y Ortiz. Periódicamente llamaba a los empleados secundarios, los que estaban debajo de ellos dos, y les preguntaba qué estaba pasando en Premium. Les pegaba diez alaridos, les decía que les iba a cortar el contrato de corresponsalía que Interbolsa tenía con Premium. Los subalternos iban a contarle a Tomás y él les decía que no se preocuparan. Entonces, Tomás subía al séptimo piso, le echaba un cuento al papá y hasta ahí llegaba el problema”.


Cuenta Rachid que, en una reunión que él tuvo con Rodrigo, le explicó con franqueza cuál era la situación de Premium, y que Rodrigo se molestó muchísimo por la concentración de negocios en cabeza de su hijo, Ortiz y Maldonado. Fue entonces cuando Rodrigo le dio a Maluf la orden de desmontar las operaciones que Premium tenía con los tres, que pararan los créditos a favor de ellos o de sus vinculados y que disminuyeran los riesgos.


Estando allá (en París), Maluf se enteró de que Rodrigo Jaramillo en persona le aprueba un nuevo desembolso a Víctor Maldonado por 22.000 millones de pesos. Maluf llamó a Juan Andrés Tirado, quien estaba de gerente encargado, y le dijo: “Oiga, Juancho, ¿qué es esto? ¿Cómo así que Rodrigo le aprobó un nuevo crédito a Maldonado, si el propio Rodrigo me había ordenado que desmontara todo eso?”.


Y dice que Tirado le respondió: “Rodrigo me dijo textualmente que no tenía ninguna opción distinta a aprobar ese desembolso, porque Maldonado tiene negocios con acciones de Interbolsa por 21.000 millones, y le dijo que él no pagaba esa plata”. Entonces, concluyó Maluf, Rodrigo obligó a Tirado a aprobar ese desembolso para pagar lo que Maldonado le debía a su propia empresa. De lo contrario, le cambiaría la composición accionaria a Rodrigo Jaramillo.

Epílogo con primicia

–Han pasado dos años –le digo a Revollo–. ¿No hay hasta ahora ninguna noticia buena?

–Sí, la hay. El superintendente Luis Guillermo Vélez y yo estuvimos en Curazao y creamos una comisión de trabajo conjunto con funcionarios locales. Hace apenas diez días regresé allá y las autoridades me dieron dos buenas noticias: sacaron a Erik Andersen del manejo del Fondo Premium y le nombraron un liquidador. Firmamos con el Banco Central de Curazao un convenio para que nos envíen a Bogotá los 6 millones y medio de dólares, casi 13.000 millones de pesos, que acaban de encontrar en cuentas de Premium tanto en Curazao como en Panamá. Eso será repartido equitativamente entre las víctimas.

En conclusión, esto no fue un descalabro inesperado. Desde el comienzo fue planeado como una grotesca asociación para delinquir. Hay pruebas contundentes que no dejan ninguna duda sobre la responsabilidad de estos señores en el fraude más grande de las últimas décadas. Están en manos de la Fiscalía.


JUAN GOSSAÍN

Especial para EL TIEMPO